Saturday, January 7, 2006

El dolor de Colombia en los ojos de Botero

Naked Punch Magazine
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Muerte y desolación. Locura y terror. Inseguridad y miedo.
Fernando Botero no se caracteriza por presentar panoramas de denuncia y crueldad en sus historias de la vida cotidiana, contadas a través de sus simpáticos personajes regordetes. Podríamos decir que no es un portador por excelencia de la bandera de la pintura realista con carga política. Pero hoy, frente a los cuadros de su más reciente exposición itinerante que reúne más de medio centenar de obras sobre la realidad social colombiana, nos enfrentamos a un Botero poco común. No puedo decir que es un Botero desconocido porque cuando la situación lo ha desbordado, siempre ha sabido poner su sello participando de la lucha de las clases más vapuleadas, pero ciertamente, para quien conoce su producción, no deja de resultarle “agridulce” la combinación de robustos seres que despiertan ternura y simpatía con un nivel de violencia tal que no deja respiro en ninguno de sus trabajos a lo largo de todo el recorrido.
Cuadros y dibujos, en carbonilla la mayoría de ellos, donados al Museo Nacional de Colombia y sobre los cuales Botero ha trabajado desde 1999 hasta 2004, integran el corpus. Pero estos son solamente datos técnicos, lo conmovedor es lo que se puede ver detrás de esas caras que siempre se nos mostraron inofensivas y hasta cariñosas. Manteniéndose fiel a su estilo, el artista presenta un panorama que puede comprender hasta un niño que recién comienza a hablar, y eso es lo dramático: desde temprana edad, todos somos capaces de reconocer el terror cuando lo tenemos cerca. No hay una sola obra que no lleve un título ligado al concepto de la muerte, el secuestro, la violencia, la violación de los derechos humanos, la tortura, la desolación, la desesperación, el atropello, la crueldad. Cuando no le alcanzan las palabras del diccionario para definir la tragedia humana, cuando no hay ya palabras, Botero se resigna a llamar a algunas de ellas “Anónimas”. Demasiado.
Colombia se muestra como escenario de una terrible guerra que se viene haciendo cada vez más cruenta, una guerra que ya daba muestras de su grandiosidad hacia fines del siglo XX y que en las puertas del siglo XXI parece estar más viva que nunca. El poder del narcotráfico, el poder de los gobiernos, el poder de la guerrilla, se mezclan por igual. Frente a las obras uno no sabe y ni se le ocurre siquiera preguntarse, de dónde vienen esas balas que matan. Esas balas matan y esa es la cuestión. Punto. Frente a la muerte no hay discursos que valgan la pena decirse y mucho menos escucharse. Sin embargo, lo que si es homogéneo son las victimas. Siempre el pueblo; siempre la gente es la que recibe el golpe: siempre es la madre la que entierra al hijo, el campesino el que es pisoteado, el trabajador el que es secuestrado para pedir un rescate, el que camina por el lugar equivocado en el momento equivocado el que recibe el impacto de un auto bomba, el que trata de escapar de una realidad que lo asfixia es el que es perseguido a tiros, el que no comparte lo que se le dice es el que es ultimado, el que pregunta es el que es silenciado con un machetazo. Distintos son los frentes que reparten la violencia, distintas son sus causas; es más, casi seguro que las veredas son totalmente opuestas. Pero cuando vemos que hay una tercer vereda que sistemáticamente ocupa el rol de botín de guerra en medio de conflictos políticos que nunca contemplan al ciudadano, nos damos cuenta que es esa y solamente esa la vereda que queda liberada a la buena de Dios. Botero se paró en esa vereda durante varios años y retrató diapositivas cruentas del día a día, jornadas que se repiten cada vez con mayor intensidad en su querido país del cual partió hace ya muchos años pero del cual nunca se sintió ajeno; y vaya si lo está demostrando con este trabajo!
Yo soy Argentina; no puedo no sentir una emoción particular frente al trabajo de Botero. Sus obras me cuentan una historia que los países Latinoamericanos, lamentablemente, tenemos cada día más fresca. No son historias iguales, no son los mismos conflictos, pero hablamos la misma lengua, tenemos los mismos padres biológicos como sociedades y habitamos tierras hermanas. Basta con ser humano para conmoverse frente a un trabajo de esta calidad. La Historia del Arte nos ha paseado por múltiples ejemplos de artistas entregados a un realismo comprometido, basta con nombrar a un Goya o Picasso para que a todos se nos presenten imágenes que nos sacuden en lo más profundo. Pero lo interesante, lo destacable es que aquí nos enfrentamos a un artista del que no esperamos nos lleve de la mano por caminos tan fangosos, tan oscuros y donde las salidas están tan lejos que nos desespera darnos cuenta lo mucho que costará alcanzarlas (siempre y cuando, existan esas salidas). Quizás, gracias a que vamos de la mano de personajes que nos inspiran calidez, es que podemos soportar caminar delante de 50 cuadros donde no hay uno solo donde no se vea el pánico reflejado en alguno de sus elementos compositivos: si no es el color de los cuerpos que denuncian si están vivos o muertos, son las escenas trágicas las que atrapan a cualquier espectador que por un segundo haya pensado que eran “simpáticos gorditos”; captan su atención y le muestran que esos personajes están de rodillas pidiendo no más muerte, no más tortura, no más dolor, no más secuestros, no más violencia para ese pueblo ni para ningún otro. Porque si hay algo que las obras de Botero nos enseñan, es que no hay sociedad en el mundo que no tenga sus muertos bajo la alfombra de los cuales avergonzarse; no hay sociedad que no tenga miserias ni tragedias por las cuales deba pedirle perdón a su pueblo y a la humanidad entera.
Una vez más, el arte nos da la posibilidad de enfrentarnos con lo que nos rodea por más triste o dolorosa que sea esa realidad. Las victimas de Colombia, las víctimas que Botero hace protagonistas de sus relatos en esta muestra, tienen el mismo color de sangre que todas las victimas retratadas por infinidad de artistas comprometidos a lo largo de la historia; una historia con un impacto tan inmediato y que nos tiene anestesiados, acostumbrados a una carga de violencia casi insostenible. No viene nada mal entonces, de vez en cuando, encontrarse con artistas que nos pongan frente a nuestras narices esa historia tan desnuda y cruenta como se nos presenta, sin disfraces ni sedantes, frente a la cual, valga la redundancia, no se puede hacer la “vista gorda”.
Actualmente se puede ver esta muestra itinerante hasta el 13 de Agosto de 2006, en el Museo Nacional de Bellas Artes en la ciudad de Buenos Aires, Argentina.